14 enero 2012


Tras haber comprado un kilo de tortillas regresé a casa. Justo cuando iba a cerrar la puerta me entró una terrible desesperación; en un arranque de ira entré a la cocina y arrojé todo lo que había sobre la estufa.

Me quite la playera y entré furioso al baño, me miré al espejo unos segundos y no podía creer lo que estaba viendo. Me lavé la cara incontables veces, mi piel ya estaba enrojecida por el ardor.

Sin darme cuenta, me había convertido en la señora de la casa.

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