Tras haber comprado un kilo de tortillas regresé a casa.
Justo cuando iba a cerrar la puerta me entró una terrible desesperación; en un arranque
de ira entré a la cocina y arrojé todo lo que había sobre la estufa.
Me quite la playera y entré furioso al baño, me miré al
espejo unos segundos y no podía creer lo que estaba viendo. Me lavé la cara
incontables veces, mi piel ya estaba enrojecida por el ardor.
Sin darme cuenta, me había convertido en la señora de la
casa.
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